Perú

Recorriendo los misterios de los pueblos antiguos
Después de nuestro paso por el Chile, entramos a Perú. Y el cambio fue notable… más bien impactante. No es difícil imaginar nuestra sorpresa al entrar a Tacna, la primera ciudad importante de ese lado de la frontera, cuando nos encontramos sumergidos en un caos vehicular, a pesar de haber tres o más oficiales de tránsito en cada cuadra, cruzar unos trescientos metros del centro fue toda una odisea. Todos van exactamente por donde quieren, sin importarles quien viene atrás o a los costados y casi sin dejar de tocar bocina, no porque vayan a evitar algún accidente si no por costumbre. Y aunque extrañábamos la armonía de las calles chilenas, no sabíamos todavía que al entrar a Bolivia, íbamos a extrañar el “orden” Peruano… Apenas salimos de nuestro asombro (y de la ciudad) seguimos nuestro camino a Nasca, una ciudad pequeña y poco llamativa que fue construida en las ruinas de lo que una vez fue el corazón de una extraordinaria y próspera civilización. Los Nasca fueron un pueblo adelantado que se originó en el 200 a.c. y se expandió hacia el 1100 d.c. Desarrollaron un avanzado sistema de agricultura, manejaban hábilmente el agua y sus conocimientos sobre el cielo, la naturaleza y sus ciclos eran sorprendentes. Pero lo más misterioso de esta civilización era su profunda conexión con sus creencias y la importancia que le daban a sus ritos religiosos. La antigua ciudad no era un lugar pensado para la vida cotidiana (de hecho no se ha encontrado ni un utensilio de uso común) era un lugar sagrado que fue destinado casi por completo a rituales y ceremonias, de los cuales formaban parte las famosas Líneas de Nasca.
En la planicie el sudoeste de la ciudad moderna se encontraron enormes figuras grabadas con surcos continuos en la tierra gris. Estas imágenes que representan animales y figuras geométricas son impresionantes por su belleza y simplicidad, pero sobre todo porque la única manera de apreciarlas es desde el aire. Escuchamos teorías acerca de cómo han logrado hacer esas figuras tan grandes y perfectas, y sobre su significado. Parecen haber sido figuras que representaban a sus deidades: el mono, el cóndor, el colibrí….y las hacían en el suelo para que sus dioses las pudieran ver mientras llevaban a cabo las ceremonias en su honor, en los alrededores o quizás en los mismos surcos de las enormes figuras. Ver las imágenes desde lo alto del cielo es emocionante, exceptuando el mareo que provocan los aviadores que giran el avión a 80° con las alas apuntando el piso, así que a Leticia, después del tercer dibujo, se le evaporó todo el misterio y sólo se quería bajar. Lo vale pero con varios pastillas para el mareo antes de subir. Todavía hoy es un misterio cómo hicieron estas figuras, su verdadero significado y el porqué desapareció esta magnífica y compleja civilización.
De Nasca partimos a Cuzco con cierto apuro porque el 25 de Enero queríamos estar en La Paz, para ser testigos de la votación del Referéndum, para la Nueva Constitución Boliviana. Durante todo el camino se puede notar la enorme pobreza en la que vive la gente. En el norte de Argentina y Chile fuimos testigos de la falta de recursos e infraestructura de la región, pero en Perú resulta aún más impresionante. La gente vive en unas “casitas” pequeñas hechas de esterilla que protegen poco del frío, la arena y el sol. Conseguir agua resulta difícil y no hay electricidad ni siquiera en los mercados. Esta realidad nos hizo pensar una vez que en Latinoamérica, la distribución de la riqueza y los recursos en no es abismal sino intolerable.
En Cuzco estuvimos poco tiempo, ya que corrimos para llegar a Ollantaytambo y alcanzar el tren a Aguas Calientes. Ollantaytambo es un pueblito pintoresco, con una aire medieval, pero en lugar de castillos europeos se ven estructuras Incas todo alrededor, Aguas Calientes es un parador para turistas que van al Macchu Pichu. Después de pasar la noche ahí, nos despertamos a las 4:30 hs. para ver el amanecer caminando por las ruinas. Mientras subíamos todo estaba rodeado de un manto de nubes que lejos de pertenecer al cielo parecían pertenecer a las mismas montañas, creando una especie de aura alrededor. Lo que producía una sensación de misterio y ensoñación. Avanzada la mañana y todavía sin ver el sol a través de las densas nubes, comenzamos a subir al Wayna Picchu, el cerro que se ve en las fotos al fondo de la ciudadela, y desde el cual se tiene la mejor de las vistas, y aunque es muy empinado y cansador, sumado a la falta de oxigeno hacen dudar en seguir. Es una hora de ascenso, por escalones altos de piedra y tomados de una soga que hace de agarradera, pero sin lugar a dudas, vale la pena todo el esfuerzo: Cuando uno llega a la cima se respira un aire especial, las ruinas parecen un espejismo entre las nubes y se puede sentir una sensación de bienestar poderosa, que nos hizo entender mejor porqué los Incas eligieron este lugar tan alejado e inaccesible como bellísimo y conmovedor.
Cansados, pero contentos bajamos sanos y salvos, aunque tarde para tomar el tren de regreso, así que tuvimos que caminar 3 horas por las vías del tren bajo la lluvia hasta la estación más cercana. Por suerte no éramos los únicos, así que de ahí convencimos a un camionero para que nos llevara a todos con la carga, las 5 horas que restaban de viaje. A medianoche paró a cenar en un puesto de la ruta, que solo tenía un fueguito donde nos secamos las medias y las zapatillas y donde disfrutamos los platos de sopa más ricos en mucho tiempo.
Luego de nuestro interesante regreso de Macchu Pichu, seguimos a contrarreloj hacia Bolivia.

Chile

El encuentro del desierto, las montañas y el mar
Luego de conocer las Salinas Grandes, seguimos nuestro ascenso, con menos contratiempos de los que temíamos y atravesando alguna que otra nube hasta la frontera con Chile. Del otro lado nos esperaban enormes médanos de arena virgen, montañas de cristales de sal, lagunas de un celeste intenso, rodeadas de barros minerales y pozos burbujeantes con agua termal que los tiñen de naranja y amarillo. Apenas salimos de la meseta altiplánica, empezamos a atravesar una zona de volcanes y luego una interminable pendiente que baja hasta el desierto más seco del mundo: el desierto de Atacama. El paisaje es tan hermoso como desolador, se puede sentir la sequedad del aire y la falta casi total de vegetación. Al llegar a San Pedro, aunque no es precisamente un oasis, uno se siente resguardado de tanta aridez. Allá conocimos la ciudad, que es muy pintoresca y aunque está preparada para el turismo, no deja de ser acogedora. En los alrededores visitamos el Valle de la Luna, donde hay cuevas de sal cristalizada y se pueden ver las formaciones más extrañas… La puesta del sol arriba de uno de los médanos es impactante: el juego de luces y colores que los últimos rayos hacen con las nubes, los tonos que adquieren las montanas de arena cuando los reflejos empiezan a bajar y la corona dorada, hacen entender porqué los aborígenes le rendían culto al sol como un ser supremo.
Mientras paseábamos por la ciudad dimos por casualidad con la sede de la Asociación de Cultores de Medicina Indígena, a la cual por supuesto entramos y allí nos presentamos. Estaban en medio de una de reunión informal de información y nos invitaron a participar, ellos nos contaron cómo se formaron, de su intento por realizar un trabajo conjunto entre el estado y los sanadores tradicionales y hasta nos dieron tres bolsitas de té para aliviar al médico (Francisco) que se había agarrado una gastroenteritis al llegar a San Pedro. En la reunión había un chaman, varios sanadores aborígenes, una antropóloga que les está ayudando y hasta una madre en preparación para el parto natural. Están haciendo un trabajo muy interesante de intercambio entre la medicina ancestral y la moderna.
Antes de terminar la reunión, Paola la antropóloga, nos invitó a su casa esa noche para seguir compartiendo idas y experiencias. Ella es una persona muy cálida y fresca, muy consciente de los desafíos y riesgos que conllevan el plan que dirige en Atacama. La primera dificultad es reunir chamanes de distintas comunidades, con cosmologías y perspectivas de salud diferentes: unos más cerca de lo cristiano, que trabajan escuchando los mensajes que Dios les da para curar, otros haciendo uso de prácticas relacionadas al culto de la Pacha Mama y otros administrando diferentes hierbas medicinales. El lograr que se respeten, convivan y formen parte de un sistema de atención a la comunidad, es ciertamente difícil. Hacer coincidir las necesidades estructurales del conocimiento ancestral (las aberturas deben orientarse hacia el norte), con las estructuras construidas por el gobierno tampoco parece tarea fácil. Y lo más riesgoso, es que como es un programa del estado, hay que tener mucho cuidado con la manipulación que se intenta hacer con las comunidades aborígenes que tienen un peso relativamente fuerte y en definitiva representan votos.
Hugo, el esposo de de Paola, trabaja en el "Museo Arqueológico Gustavo Le Paige" así que al día siguiente tuvimos un guía especial para el recorrido. Ahí pudimos ver el alcance y la magnitud de las culturas preincaicas y precolombinas. Los aborígenes (Tiwanaku) fabricaban no sólo instrumentos necesarios para la caza y la vida cotidiana si no que dedicaban mucho tiempo y esfuerzo en tallar instrumentos de madera para fumar sus yerbitas en los rituales sagrados: pipas, morteros y recipientes tallados. Fumaban un alucinógeno llamado cebil para escapar de las ataduras de la realidad terrenal e introducirse a una espiritual donde tomaban contacto con los dioses y podían ofrendarles vegetales, animales y hasta vidas humanas.
Después de San Pedro de Atacama partimos al norte y pasamos por las lagunas altiplánicas, famosas porque al meterse uno flota por la cantidad de sal que contienen, es una sensación increíble, como vencer la gravedad, por más fuerza que uno haga no logra hundir el cuerpo, entonces uno puede hacer la planchita relajado y sentir los sonidos que vienen del fondo de la tierra… mientras nos bañábamos un guía turístico que estaba con un grupo nos dijo que a unos metros había barro con propiedades, minerales y algas que si nos lo poníamos en el cuerpo quedaba uno como de 10 años menos. Leticia me convenció y nos fuimos a embarrarnos, primero yo no quería, pero nos pusimos a jugar con el barro y al rato estábamos los dos con barro hasta en la cara, tirados al sol para que se seque. Cuando volvíamos a la laguna tiesos y marrones, se nos acerca otro guía para sugerirnos que nos sacáramos el barro porque contenía mucho azufre y arsénico! Después de una buena ducha no parecíamos 10 años más jóvenes, sino 10 años más viejos: arrugados, secos, y Leticia con miedo a estar envenenada! Por suerte resultó ser solo barro, ni bueno ni malo.
Después de las lagunas viajamos hacia el norte costeando el mar hasta Iquique, un lugar donde el desierto y el mar se juntan, es hermoso. Ahí descansamos unos días en un hotelito, disfrutamos de los atardeceres en la playa, las gaviotas y nos dimos el gusto de tirarnos en parapente!!! Dicen que es uno de los mejores lugares de América para hacerlo, fue una experiencia increíble, nos tiramos de una duna inmensa y sobrevolamos la cuidad y el mar, siguiendo a los pájaros. Iquique nos sorprendió también por su historia de tierra en disputa, ya que alguna vez fue territorio Boliviano y luego de la guerra del pacífico, se la adueñaron los chilenos. Además por su impresionante historia de puerto minero, allí trajeron indígenas, negros y hasta chinos para trabajar en las minas y hasta hoy se pueden ver más restaurantes chinos que chilenos.
Luego de bañarnos un par de veces en el “cálido” Océano Pacífico, partimos para Arica, en dónde pudimos ver las prácticas de baile para el carnaval y disfrutar de una mariscada de antología. Después de 10 días en el norte de Chile, continuamente sorprendidos por la corrección de los chilenos, en su forma de manejar y respeto por las leyes, aunque también preocupados por la fuerte vigencia del pensamiento autoritario y pro-militar, vamos camino a nuestro próximo destino: Perú.

Argentina

Partimos hacia el Noroeste... mucho entusiasmo y pocas certezas
Finalmente salimos después de haber pospuesto la fecha varias veces. Y lo hicimos sabiendo que teníamos cosas pendientes, pero si esperábamos más, no salíamos.
Salimos sin rumbo fijo, sólo con una vaga idea de recorrer el Noroeste y pasar a Chile, pero no sabíamos cuando ni por dónde, ni si luego vendría Bolivia o Perú… Eso en un viaje da una enorme libertad y es muy emocionante, pero al principio nos costó adaptarnos a la incertidumbre. Es como si en la vida cotidiana uno se atara a las rutinas diarias y eso nos diera la cuota de “seguridad” a la cual nos vamos acomodando. Pero cuando uno deja la rutina por un tiempo indeterminado (no sabíamos cuánto iba a durar el viaje, ni hasta dónde íbamos a llegar), sin ruta específica, sin saber a dónde se va a dormir o qué actividades se van a hacer, uno pierde esa sensación de seguridad y se desorienta. Por suerte, luego de una semana en el camino y, paradójicamente, mientras más nos alejábamos de casa, la sensación de desorientación se fue convirtiendo en una hermosa sensación de incertidumbre, esa que es la madre de la curiosidad, del deseo de conocer y experimentar, y de elegir nuestro propio camino. Fue muy liberador el enfocarse sólo en una dirección… hacia adelante.
Salimos un tres de Marzo, pasado el mediodía, estábamos muy contentos de partir al fin y llenos de dudas. El auto en el que partimos estaba a nombre de mi hermano y por lo tanto tuvimos que hacer varios trámites para sacarlo del país, pero no se podía hacer ningún trámite para aumentar la potencia del motor o hacerlo más alto para enfrentar los difíciles caminos que nos esperaban. Por eso en el norte terminamos de pertrecharnos, de papeles y de cosas que nos ayudaran en el camino.
La primera noche la pasamos en Tucumán, habiendo disfrutado el pasar de los paisajes sembrados y llegado a los valles entre las montañas de colores. En Tucumán visitamos el lugar en dónde se declaró la independencia de las provincias unidas, un 9 de Julio de 1810. La “casita” de Tucumán fue demolida y reconstruida, conservando de original sólo el salón de la jura. Igualmente es conmovedor pasear por su interior, ver los árboles que fueron testigos de los sentires y pesares de muchos de los hombres que pelearon por la Libertad de América, con las armas y las palabras.
Poco nos retuvo la ciudad, al día siguiente partimos para Tafí del Valle, por los Valles Calchaquíes, por ese camino angosto y de cornisa entre una vegetación exuberante, cascadas y vistas espectaculares. Esos valles llevan su nombre por un Cacique llamado Cal Chaquí que fue el último gran líder de la resistencia a la infame invasión española. Por Tafí pasamos unas horas, ya que a pesar de estar en un hermoso valle fértil, nos atraía llegar a Cafayate. Y eso hicimos, partimos hacia allá, pasando ahora por bosques de otro tipo: enormes cardones que parecen sacados de las películas del oeste. Y parando en las imperdible ruinas de Quilmes que son los restos de un asentamiento de indígenas que llevaban el mismo nombre y que a pesar de resistir más de cien años, terminaron vencidos y trasladados a las afueras de Buenos Aires… les suena el barrio de Quilmes? La ciudadela está en un lugar privilegiado entre medio de dos cerros al reparo del viento, con una vista al valle y el río que te invitan a suspirar. Y a pesar de que hoy solo hay ruinas se respira un aire especial.
En Cafayate pasamos la noche en un hostal muy acogedor, del estilo mochilero (Backpackers para los gringos). El pueblo es muy bonito e invita a recorrerlo, y fácilmente se lo hace a pie, las empanadas y los vinos hacen el resto.
Seguimos viaje hacia Salta, que por su arquitectura colonial y balcones de madera, es un buen lugar para pasear, aunque como toda ciudad grande, mucho más ruidosa, desordenada y más sucia de lo que cualquiera podría desear. Lo lindo es aprovechar para leer la historia que hay escrita en todas partes, del período incaico y colonial, y disfrutar de una vista panorámica desde el cerro. Frente a la plaza central está el MAAM (Museo Argentino de Alta Montaña), un museo donde se exponen los 3 niños incas que fueron encontrados intactos en el Volcán Lullaillaco. Se encuentran perfectamente conservados por las bajas temperaturas, es espeluznante verlos porque parecen solo dormidos, la piel, el pelo y las ropas ¡están intactos! Estos niños eran seleccionados por su belleza o estatus social para ser ofrendados a Viracocha (dios creador de la cultura Tiwanaku e Inca) junto con bellísimos objetos de oro y plata. Para ellos la vida y la muerte tenían otro significado que el nuestro, y la división no era tan clara, solo había diferentes niveles de existencia…
Pasamos luego por Jujuy, en dónde estuvimos poco tiempo pero pudimos sentir que todavía conserva un aire a pueblo. Conocimos la sede del movimiento Tupac Amarú y nos sorprendimos de la enorme cantidad de cosas que se han podido hacer gracias a esa cooperativa, lo mucho que se ha luchado y los buenos resultados que se han obtenido. También vimos un trasfondo político, por lo menos preocupante, pero que no alcanzamos a entender por completo, tarea para la casa.
Humahuaca nos gustó más que Tilcara y Purmamarca que están ya muy invadidos por el turismo. Humahuaca, la tierra de los Omaguacas, está más conservada, tiene la belleza de lo simple, lo humilde y lo rustico, es un pueblito color arcilla: las calles de tierra, el paisaje, las casitas bajitas, todo tiene ese color…
El centro de Purmamarca parece una plaza de Buenos Aires, llena de turistas y casi sin nada original, restaurantes “gourmet” y cafés de moda le quitan el encanto que solía tener. En Tilcara, las ruinas del pucará, después de haber visto las ruinas de Quilmes no impresionan demasiado. Y la ciudad está bien, no más.
Habiendo recorrido un poco el Noroeste y dejándonos llevar por nuestras ganas, nos fuimos quedando en los lugares que más nos abrazaron y huyendo de las masas de turistas…
De Purmamarca al Paso de Jama están las Salinas Grandes, un inmenso territorio blanco y desolado. Como se nos hizo tarde acampamos esa noche ahí, armamos la carpa con luna llena y con esfuerzo porque el suelo de sal no es muy blandito que digamos… pero pasar la noche ahí fue mágico, nada alrededor, un silencio sobrecogedor y el cielo abierto para nosotros. Además cumplimos un sueño de Francisco…
Bueno, hasta aquí la primera parte del viaje. Con hermosas imágenes del norte nos vamos rumbo a Chile, a probar las virtudes del autito, nuestra resistencia a la altura y la fortaleza de nuestro espíritu viajero.