Finalmente salimos después de haber pospuesto la fecha varias veces. Y lo hicimos sabiendo que teníamos cosas pendientes, pero si esperábamos más, no salíamos.
Salimos sin rumbo fijo, sólo con una vaga idea de recorrer el Noroeste y pasar a Chile, pero no sabíamos cuando ni por dónde, ni si luego vendría Bolivia o Perú… Eso en un viaje da una enorme libertad y es muy emocionante, pero al principio nos costó adaptarnos a la incertidumbre. Es como si en la vida cotidiana uno se atara a las rutinas diarias y eso nos diera la cuota de “seguridad” a la cual nos vamos acomodando. Pero cuando uno deja la rutina por un tiempo indeterminado (no sabíamos cuánto iba a durar el viaje, ni hasta dónde íbamos a llegar), sin ruta específica, sin saber a dónde se va a dormir o qué actividades se van a hacer, uno pierde esa sensación de seguridad y se desorienta. Por suerte, luego de una semana en el camino y, paradójicamente, mientras más nos alejábamos de casa, la sensación de desorientación se fue convirtiendo en una hermosa sensación de incertidumbre, esa que es la madre de la curiosidad, del deseo de conocer y experimentar, y de elegir nuestro propio camino. Fue muy liberador el enfocarse sólo en una dirección… hacia adelante.
Salimos un tres de Marzo, pasado el mediodía, estábamos muy contentos de partir al fin y llenos de dudas. El auto en el que partimos estaba a nombre de mi hermano y por lo tanto tuvimos que hacer varios trámites para sacarlo del país, pero no se podía hacer ningún trámite para aumentar la potencia del motor o hacerlo más alto para enfrentar los difíciles caminos que nos esperaban. Por eso en el norte terminamos de pertrecharnos, de papeles y de cosas que nos ayudaran en el camino.

La primera noche la pasamos en
Tucumán, habiendo disfrutado el pasar de los paisajes sembrados y llegado a los valles entre las montañas de colores. En Tucumán visitamos el lugar en dónde se declaró la independencia de las provincias unidas, un 9 de Julio de 1810. La “casita” de Tucumán fue demolida y reconstruida, conservando de original sólo el salón de la jura. Igualmente es conmovedor pasear por su interior, ver los árboles que fueron testigos de los sentires y pesares de muchos de los hombres que pelearon por la Libertad de América, con las armas y las palabras.
Poco nos retuvo la ciudad, al día siguiente partimos para
Tafí del Valle, por los Valles Calchaquíes, por ese camino angosto y de cornisa entre una vegetación exuberante, cascadas y vistas espectaculares. Esos valles llevan su nombre por un Cacique llamado Cal Chaquí que fue el último gran líder de la resistencia a la infame invasión española. Por Tafí pasamos unas horas, ya que a pesar de estar en un hermoso valle fértil, nos atraía llegar a
Cafayate.

Y eso hicimos, partimos hacia allá, pasando ahora por bosques de otro tipo: enormes cardones que parecen sacados de las películas del oeste. Y parando en las imperdible ruinas de Quilmes que son los restos de un asentamiento de indígenas que llevaban el mismo nombre y que a pesar de resistir más de cien años, terminaron vencidos y trasladados a las afueras de Buenos Aires… les suena el barrio de Quilmes? La ciudadela está en un lugar privilegiado entre medio de dos cerros al reparo del viento, con una vista al valle y el río que te invitan a suspirar. Y a pesar de que hoy solo hay ruinas se respira un aire especial.
En Cafayate pasamos la noche en un hostal muy acogedor, del estilo mochilero (Backpackers para los gringos). El pueblo es muy bonito e invita a recorrerlo, y fácilmente se lo hace a pie, las empanadas y los vinos hacen el resto.
Seguimos viaje hacia
Salta, que por su arquitectura colonial y balcones de madera, es un buen lugar para pasear, aunque como toda ciudad grande, mucho más ruidosa, desordenada y más sucia de lo que cualquiera podría desear. Lo lindo es aprovechar para leer la historia que hay escrita en todas partes, del período incaico y colonial, y disfrutar de una vista panorámica desde el cerro. Frente a la plaza central está el MAAM (Museo Argentino de Alta Montaña), un museo donde se exponen los 3 niños incas que fueron encontrados intactos en el Volcán Lullaillaco. Se encuentran perfectamente conservados por las bajas

temperaturas, es espeluznante verlos porque parecen solo dormidos, la piel, el pelo y las ropas ¡están intactos! Estos niños eran seleccionados por su belleza o estatus social para ser ofrendados a Viracocha (dios creador de la cultura Tiwanaku e Inca) junto con bellísimos objetos de oro y plata. Para ellos la vida y la muerte tenían otro significado que el nuestro, y la división no era tan clara, solo había diferentes niveles de existencia…
Pasamos luego por
Jujuy, en dónde estuvimos poco tiempo pero pudimos sentir que todavía conserva un aire a pueblo. Conocimos la sede del movimiento Tupac Amarú y nos sorprendimos de la enorme cantidad de cosas que se han podido hacer gracias a esa cooperativa, lo mucho que se ha luchado y los buenos resultados que se han obtenido. También vimos un trasfondo político, por lo menos preocupante, pero que no alcanzamos a entender por completo, tarea para la casa.
Humahuaca nos gustó más que Tilcara y Purmamarca que están ya muy invadidos por el turismo. Humahuaca, la tierra de los Omaguacas,

está más conservada, tiene la belleza de lo simple, lo humilde y lo rustico, es un pueblito color arcilla: las calles de tierra, el paisaje, las casitas bajitas, todo tiene ese color…
El centro de
Purmamarca parece una plaza de Buenos Aires, llena de turistas y casi sin nada original, restaurantes “gourmet” y cafés de moda le quitan el encanto que solía tener. En
Tilcara, las ruinas del pucará, después de haber visto las ruinas de Quilmes no impresionan demasiado. Y la ciudad está bien, no más.
Habiendo recorrido un poco el Noroeste y dejándonos llevar por nuestras ganas, nos fuimos quedando en los lugares que más nos abrazaron y huyendo de las masas de turistas…
De Purmamarca al Paso de Jama están las
Salinas Grandes, un inmenso territorio blanco y desolado. Como se nos hizo tarde acampamos esa noche ahí, armamos la carpa con luna llena y con esfuerzo porque el suelo de sal no es muy blandito que digamos… pero pasar la noche ahí fue mágico, nada alrededor, un silencio sobrecogedor y el cielo abierto para nosotros. Además cumplimos un sueño de Francisco…
Bueno, hasta aquí la primera parte del viaje. Con hermosas imágenes del norte nos vamos rumbo a Chile, a probar las virtudes del autito, nuestra resistencia a la altura y la fortaleza de nuestro espíritu viajero.